EL CORTADOR DE CESPED

Exploramos las adaptaciones de la literatura de terror o fantástica a otros medios, como el cine o los videojuegos. Analizamos cómo estas historias cobran vida fuera de las páginas y el impacto que tienen en la cultura popular.

Room 237 

Vuelvo a ver El resplandor, esta vez en 4K. Me sumerjo de nuevo en ese horror a colores. Recuerdo el libro de Stephen King, que como tantas cosas, le cogí a mi hermana, una edición de Plaza & Janes, de las primeras allá por los 80. No era un libro para niñas. No conservo el libro, solo su recuerdo. Una tapa blanda cuarteada de arriba a abajo partiendo la cabeza de Jack Torrance. También recuerdo la aproximación a ese terror siendo muy pequeña, quizá la revelación de que la ficción podía producir esa sensación de una forma muy intensa. No importa lo que cada uno de ellos hiciera, porque las dos fueron creadas bajo su propio resplandor. Dos obras maestras, y como tales, destinadas a permanecer.

Luego veo el documental La habitación 237, y empiezo a entender, o mejor, no entender muchas cosas. Me encuentro aún más desorientada. Esa sensación me gusta. Veo esa explosión de colores como parte de un plan orquestado. Estamos en el laberinto con Wendy y Danny.  No saldremos de allí hasta que acabe la película.  Kubrick no recurre a la oscuridad y las sombras para crear una atmosfera inquietante. En contra de lo predecible, llena de luces un set imaginario, imposible, con luces artificiales que iluminan ventanas. Un espacio aterrador donde la luz no desaparece ni siquiera en sus largos pasillos, para aumentar esa sensación de vacío, de profundidad, de continuidad, como la escena del triciclo con la steadicam. Una luz que nos sumerge en otro tiempo en la escena de la fiesta en el restaurante. La luz para mostrar con toda claridad el horror, un foco que ilumina la herida, sólo para verla mejor, para hacerla más real, con una profundidad de campo que mantiene el decorado enfocado de forma plena, el espéculo palpebral que mantenía los ojos abiertos de Alex DeLarge en “La naranja mecánica”. Porque el horror más absoluto es aquel que no tiene límites. Por eso como decía Ligotti la mejor manera de escapar del horror es adentrase en él. Entrar en el laberinto.

La elección de estos espacios imposibles no es casual, quizá no haya nada casual en la obra de Kubrick, o por el contrario lo sea todo. Aunque tantas casualidades juntas cuestionan las leyes de la probabilidad. Todos esos espacios responden y se construyen para producir un terror subliminal, por eso Kubrick investigó tanto sobre el lenguaje audiovisual publicitario, porque el miedo y el deseo entran por la misma puerta. La simetría de las alfombras y de la decoración crea un orden lógico, pero solo aparente, lo siniestro acaba entrando en ellos, como una sombra que desaparece bajo la luz. Una habitación resulta más inquietante cuando todo está en orden pero se transforma o trastoca un pequeño detalle. Resulta mucho más inquietante, precisamente porque nos cuesta más reconocer qué produce esa perturbación, por qué siendo una escena perfecta, sentimos que algo va mal. Y de esa forma la desorientación de los personajes de El Resplandor es también la nuestra, ya no hay diferencia entre el laberinto y el hotel, los espacios se superponen como las transiciones transparentes entre las escenas. No hay un límite preciso entre lo que existe y lo que no. Nuestra percepción cambia la realidad al ser observada.

El documental aborda también lo que Kubrick parece que quiso denunciar, el pasado de horror y sangre que hay detrás del nacimiento de una nación, el exterminio de los pueblos indios que conforma el nacimiento de los EEUU, el holocausto como una repetición de ese genocidio, la habitación 237, su propia metáfora de la llegada del hombre a la Luna. Todo esto es interesante. Quizá podríamos ver la película desde cada una de esas perspectivas, y todo encajaría, y al final, todas las caras tendrían el mismo color. Da igual las vueltas que le demos al cubo, el propio proceso de llegar allí, es una especie de alucinación visual.

Tanto como esas tres escenas que el miedo proviene de algo sutil, como un destello, mucho más terroríficas que la aparición de las gemelas o el ascensor sangriento, pero que en el conjunto se resignifica. La primera escena, es la del inicio, la propia calma de un paisaje se convierte en inquietante, con ese plano secuencia aéreo, picado y cenital. La visión de un árbol cambia si se enfoca desde arriba. No es lo mismo ver un pino desde abajo que desde arriba, desde esa posición cenital resulta más afilado, más presente la punta que la raíz. La segunda escena, la maquina de escribir con esa única frase que llena todas las páginas de una novela como los espacios, imposible. La tercera escena, la foto que cierra, con una duda inquietante que la película no ha despejado: ¿Quién es Jack Torrance?

Y quizá el gran logro de esta obra maestra sea ése, generar un contenido audiovisual inmersivo, un viaje alucinante al centro de la propia mente del espectador. Cristina Rausell

Dos hermanas de Kim Ji-Woon: la belleza lírica del horror por Cristina Rausell

Volver a ver esta película, para abordar ciertas influencias en alguno de mis cuentos, me ha vuelto a enamorar, casi como la primera vez. Y a veces esto es bueno, volver a ver o leer aquello que una vez nos apasionó, para comprobar, si el tiempo tiene razón. Dos hermanas sigue siendo más de veinte años después una de las mejores películas de terror, a la altura de éxitos míticos como El resplandor. Se necesitaba una puesta en escena como la que Kim Ji-Woon pone en marcha, para un resultado cinematográfico como éste, que combina de un lado retomar el terror originario de los cuentos de hadas, que son sino estas dos hermanas y la malvada madrastra (por eso prefiero el título en inglés A tale of two sisters), con una narrativa visual de un lirismo poético excepcional, donde la elegancia visual y narrativa, por expreso deseo de su director, siempre está presente. En este punto la primera escena de la llegada a la casa y ese cuidadoso detalle de cada plano, para crear una atmosfera perfecta donde el horror irrumpe en esa familia, tan aparente, como esas vajillas exhibidas de modo perfecto en armarios provenzales, pero rota en pedazos por dentro, ya me recuerda a un cine clásico, como el de Douglas Sirk, incluso, más, que al propio Hitchcock, lo cual me liga a uno de mis referentes cinematográficos. 

El punto de arranque de la historia es ya inquietante, la vuelta de dos hermanas desde una institución psiquiátrica a la casa familiar, en ese prodigio de dueto fraternal de Su-mi y Su-yeon, como dos partes de una misma identidad, la fuerte vs. la débil, la hermana mayor vs. la hermana menor. Y como conductoras a través de esa casa de sombras y noches de una interpretación magistral bajo una elegancia visual en el horror, que crea su propia poética, al servicio de eso, un horror vacui, especial y doméstico, que nos recuerda esa frase de Ligotti "Sólo podríamos escondernos del horror en las profundidades del horror". Y a partir de ahí, esta historia de vueltas, giros, inquietantes sucesos que no se revelan, solo asoman, se intuyen y se desvanecen, con ese armario y su continua presencia, que vuelve a recordarnos que el miedo proviene siempre de lo más elemental y sencillo, porque conecta como emoción primaria y atávica. Un largo rastro de sangre es siempre más terrorífico que la visión real del cuerpo arrastrado. Como una imagen robada, captada cuando no miramos, es más inquietante, por aquello que guarda de ausencia,, que cuando nuestros ojos esperan el disparo. Y esa escena absolutamente prodigiosa, de la aparición del fantasma torcido de la madre, y su inquietante montaje, plano y contraplano. Horror, duelo y memoria se combinan en esta apasionante legado fílmico sobre las zonas más siniestras de la memoria, que deja en la atmosfera de esa casa una pregunta: "¿Sabes lo que de verdad es aterrador? Cuando quieres olvidar algo y no puedes y entonces te persigue a todas partes, como un fantasma".

Cristina Rausell  

 

Nosferatu de Eggers por Cristina Rausell vs. Drácula de Luc Besson por Gary Crowley

 

 

NOSFERATU DE EGGERS POR CRISTINA RAUSELL

Eggers explora la parte más animal, onírica y emocional, casi animista, del legendario vampiro. En un ejercicio cinematográfico casi perfecto, y que para ello intenta volver al origen, al Nosferatu de Murnau. Casi una obra maestra. Carnal, sensual, explícita, perversa, erótica y brutal, extraordinaria e hipnótica, tras la voz gutural y abisal de Orlok. Nos sumerge en un cierto estado de extrañamiento, una confusión bien intencionada entre lo que amamos y lo que tememos, entre la vida y la muerte, Eros y Tanatos, la noche y el día, el monstruo y la víctima, el siervo y el amo, el terror y el deseo, como si a fuerza de darnos vueltas con los ojos vendados, ya no supiéramos hacia donde ir, eso me gusta, ese no lugar, esa ausencia de posicionamiento o definición, bajo otra lectura, que quizá sea aún más inquietante, más aterradora.

Aproxima una lectura de Drácula más profunda, en una ambientación como de ciénaga permanente. Mi escena favorita: la llegada de Thomas Hutter al castillo de Orlok. El paisaje completamente onírico, como sacado de un cuadro de Remedios Varo, la carroza de caballos desbocados, entre la niebla, los Cárpatos, cada imagen abre puertas hacia lugares insólitos, y al mismo tiempo familiares, que ya han recorrido nuestros miedos. La esencia del terror en estado puro, como definió Lovecraft, es el miedo a lo desconocido, y esa función del paisaje también muy Lovecraft, como escenario perfecto de la pesadilla, porque qué son nuestros sueños sino lugares.

La figura gigante de Orlok su respiración animal, y todos los personajes en su justa medida e interpretación, para crear la armonía del caos.

Las niñas angelicales q esperan la llegada de la Navidad, pero ya sienten los pasos del monstruo, un Nosferatu que vuelve romántico y decadente, no para matar, o sí, aunque esto no sea el fin, sino encontrar a un amor perdido.

Quizá la mejor manera de acercarse a Drácula, después de tantas veces, sea precisamente lo que ha hecho Eggers volver a la esencia, a lo elemental, lo más simple resulta siempre lo más aterrador. La vuelta al origen, Drácula, un monstruo solitario, solo un trasgo perdido en la inmensidad del bosque. Un amante perdido, vagante, un ser fantasmal, atrapado en su ataúd, en su noche sin fin, que espera el regreso de su amada, que no busca ya posesión sino entrega. Y una original vuelta de tuerca vampírica, bajo un triángulo amoroso perfecto q subyuga a Ellen Hutter entre el bien y el mal. Eterno. Una duda para todo buen final: ¿quién es el monstruo?, que nos deja con una evidencia en la yugular: hasta los peores monstruos necesitan amar.

DRACULA: UNA HISTORIA DE AMOR DE LUC BESSON POR GARY CROWLEY

Casi nada me ha gustado de esta película, me ha parecido tan innecesaria como superflua. El propio título delata ya su propósito comercial, pero ese historia de amor se desvanece en la nieve tan pronto empieza, quizá sea lo mejor de la película, lo único memorable, ese inicio con Vlad Tepes en la nieve, y la belleza visual de esa escena. Todo lo demás sobra, sobra por grandilocuente, como la escena en Versalles, como esa rocambolesca historia del perfume atrayente, menuda porquería y menudo Drácula de pacotilla, tener que ponerse un perfume como atrayente, en plan feromona, no reconozco a Drácula, ni su poder telequinésico. Me sobra luz, porque Drácula requiere oscuridad, sombras, una ambientación especial, no ese derroche fotónico, que no ayuda nada, sólo deslumbra en el peor sentido de la palabra.

Luc Besson ha querido centrarse en el aspecto más romántico de Drácula, pero de una manera muy superficial, y ha querido también alejarse de las propuestas más góticas, para realizar una aproximación desde lo fantástico a Drácula, pero a mi modo de ver,  fallida, sólo concretada en ciertos elementos, como las gárgolas que cobran vida, quizá lo único que recuerdas después de ver la película, que esos demonios de piedra haciendo las veces de siervos de Drácula, quizá para deleite de esos niños que llenan de palomitas el asiento del cine antes de salir, sin saber la verdadera historia de Drácula.

 

En compañía de lobos, de Neil Jordan

En compañía de lobos es una joya, no solo porque fuera una obra primeriza de Neil Jordan, capaz de hacer películas tan extrañamente divergentes como esta y Juego de Lágrimas, sino porque cuenta en el guión con la propia Angela Cárter. Su puesta en escena, se parece un poco a sus cuentos, donde nada es lo que parece,  todo tiene un trasfondo teatral y barroco, y por eso las historias se desarrollan en un bosque de cartón piedra, donde confluyen otras historias, otros personajes y otros tiempos, para contar la historia de todos los tiempos, el cuento de iniciación más contado, esto es, la historia de Caperucita, dentro del sueño de una niña, en un estructura de matrioska, donde unas historias van llevando a otras.

La película surge de tres cuentos fundamentales de Angela Cárter sobre Caperucita y el hombre lobo de La Cámara Sangrienta: “El hombre lobo", "La compañía de los lobos" y "Lobalicia". Aunque se dice que Angela Cárter  en este libro realiza una deconstrucción de los cuentos de hadas, en mi opinión no se trata de una deconstrucción, sino más bien de un retorno al cuento original, a su concepción inicial como cuento de terror , a su expresión original y oral, si bien eso si, con una propósito feminista de empoderar a Caperucita, como ama de su propio despertar sexual, y de paso, revolver y truncar todo el orden patriarcal, en un bosque donde Caperucita ya no teme al lobo, y quiere ser creadora de su propio destino.

“La muchacha rompió a reír: sabía que ella no era la carne de nadie. Se rio de él en su cara, le arrancó la camisa y la tiró al fuego, sobre la estela voraz de su propia ropa desechada. Las llamas bailaron como espíritus de muertos en la Walpurgisnacht y los viejos huesos que estaban bajo la cama empezaron a tabletear terriblemente, pero ella no les prestó atención”. ("La compañía de los lobos", de La Cámara Sangrienta de Angela Cárter).

Lo más acertado de la película, no solo es contar con Angela Lansbury, como la mejor de todas las abuelitas posibles, sino también haber tenido la valentía de crear una estética propia, tan onírica y teatral, para acoger los cuentos de Angela Cárter, en su propia ambientación. Además de esa escena memorable,  del banquete de bodas, donde la fuerza animal desatada impone su propio orden, nos revela al animal que llevamos dentro, y como esa fuerza incontrolable puede destruir cualquier convencionalismo social.

Rila Metadieva