EL GATO DE POE
Explora los cimientos del género con lo mejor de los clásicos. Desde Edgar Allan Poe hasta H.P. Lovecraft, revisitamos las obras maestras que definieron el terror y la fantasía. Un viaje nostálgico y aterrador a las raíces del miedo.

LIUDMILA PETRUSHÉVSKAIA
“Erase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina”
Ludmilla Petrushevskaya es escritora, autora de teatro, poeta, pintora y cantante de cabaret, es una mujer no sólo polifacética, sino también hecha a sí misma, que sobrevivió a una infancia terrible de abandono y pobreza en las calles de Moscú. Nació en 1938. Hasta los tres años, vivió en el Hotel Metropol en Moscú (donde se reunía la intelectualidad rusa). Muchos de sus familiares fueron ejecutados o exiliados durante la Gran Purga (Stalin mató a su abuelo, fusiló a dos tíos y una tía); el resto fue declarado enemigo del pueblo. Como relata Petrushévskaia en sus memorias, La chica del Hotel Metropol, pasó su infancia mendigando dinero y comida, viviendo en la calle, en una situación de necesidad y miseria extrema junto a su madre y su abuela, no podía asistir al colegio porque no tenía zapatos. Rebuscaban en los cubos de basura para poder comer, al mismo tiempo, que esa necesidad extrema contrastaba con su condición de intelectuales rusas, su abuela solía recitarle a Puskin, Tolstói o Gogol.
Pero logra redimir ese sufrimiento, ese abandono y esa represión a través de la literatura, y la imaginación como forma brillante de escapar del sufrimiento, a través de una literatura que, al mismo tiempo que surge como de una fractura o herida, busca el perdón y la posibilidad de reinvención de la vida, quizá el territorio negado e imposible del cuento de hadas, del que se reapropia en su versión, como lo hará también Angela Carter, más original, terrorífica y bestial. Y lo hace con un dominio absoluto de la fabulación, y una capacidad sorprendente de recuperar la tradición oral (propia del folclore), de esas historias contadas en su infancia por mujeres, mezclado con un marcado surrealismo. Un estilo totalmente disruptivo de recuperación de un cuento de hadas imposible, donde el suicidio, la muerte, redefine los finales de las historias, o se quiebra en el tiempo narrativo, con saltos que nos llevan de un lugar a otro, de un tiempo a otro, de una historia a otra. Y que se enmarca también en una corriente de literatura actual, donde el terror radica en lo cotidiano, y como ella dice porque: ”El horror más grande no viene de algo externo, sino de la vida misma”.
Esa originalidad narrativa de Petrushévskaia hizo que pasara mucho tiempo hasta que fuera reconocida, muchos editores le decían que eso no era literatura, quizá por ese estilo tan sencillo, que utiliza, por sus reminiscencias de la oralidad (de donde hay que recordar surge el cuento).
Curiosamente ella cuenta que en la época comunista la atacaban porque no explicaba quién era el culpable, ni tampoco resolvía los conflictos, sino que los dejaba abiertos, y en sus cuentos no había ningún elemento didáctico, por lo que estuvo prohibida durante la época de la URSS. Su primer libro publicado apareció en 1988 con 50 años, tardó 20 años en publicar, ella define esa época como que “era una joven de 50 años”. Cuando le preguntan sobre política dice que no opina desde que Gorbachov quiso encarcelarla por opinar en contra suya, y fue imputada en 1991 por ofender a Gorbachov (concretamente por escribir una carta a los estudiantes en que le llamaba fascista por amenazar con tanques al pueblo lituano).
En Rusia, Petrushévskaia es una autora reconocida. Es una de las dramaturgas más célebres del siglo XX; su obra Moskovskii khor (Coro de Moscú, primera producción 1988) ganó el Premio Estatal de la Federación Rusa en 2002.
Ha publicado novelas y colecciones de relatos cortos. Su obra ha sido traducida a más de treinta lenguas, en 2003 recibió el premio de las letras rusas, en 2004 el Premio Pushkin y el Premio del Estado Ruso para las Artes, en 2005 el Premio Stanislavski y en 2010 el Premio Mundial de Fantasía por “Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina”.
Una vez le preguntaron cuál es el piropo que más le ha gustado ella contestó; que escribo una prosa que parece verso. Yo también coincido en eso, creo que hay un profundo lirismo y poética en sus cuentos, en su forma de escribir, prácticamente no hay demasiada descripción, porque ella se centra en la historia y la emoción de los personajes. Una de las cosas que como escritora me parece más interesante, a parte de su capacidad fabuladora, es el dominio cortante o a saltos de la narración, es también la capacidad de construir sus cuentos como una matriuska donde unas historias llevan o encierran otras historias. Y lo que la sitúa dentro de la literatura posmoderna, es esa capacidad de deconstruir la narración, el tiempo, y el espacio, incluso el propio argumento, de alguna manera desguaza los elementos de sus cuentos, para volver a ponerlos pero de una manera diferente, en ese sentido, y en el prólogo a la edición de Atalanta Jorge F. Hernández dice que se la considera la madre de la literatura feminista posmoderna rusa. Hay también algo, que se dice pocas veces, pero lo he encontrado muy presente en muchos cuentos, es su humor, su ironía, como el maravilloso retrato que hace en “Te quiero” y esa fotografía de la mujer sin cabeza, solo piernas, que va recorriendo el relato. Es también una voz de mujer que pone voz a otras mujeres, sus relatos están poblados de mujeres que arrastran terribles destinos familiares, sus cuentos son también, de alguna manera, un retrato de las mujeres rusas y el silenciado machismo del mundo soviético.
Los cuentos están agrupados en cuatro categorías: Canción de los esclavos orientales, Alegorías, Réquiems y Cuentos de hadas. Como el propio prologuista reconoce, es difícil interpretar por qué unos cuentos están en una agrupación u otra, y como él se atreve a indicar parece que responde más bien al propio estado o ánimo de la autora.
En esta primera parte, Canción de los esclavos orientales, empezamos a advertir uno de sus rasgos más característicos, la recreación de atmósferas oníricas, que recuerdan escenarios de películas de Buñuel, ella misma reconoce ésta como una de sus mayores influencias junto a Poe. Y esos escenarios los encontramos en “El brazo”, donde un accidente aéreo, y un madero, da pie a la autora para introducir el absurdo en la historia. Y también en otros cuentos como en “La casa de la fuente” donde más que escenario onírico el propio sueño estructura la narración, de manera que rompe las fronteras entre realidad y sueño, o en “La sombra de la vida”, también en “El abrigo negro”, donde la propia conciencia de la protagonista de vivir encerrada en una pesadilla le permite cambiar la realidad, y reescribir el final de la historia. Es como si Petrushévskaia jugara con la realidad y la ficción, dentro de la propia ficción, para decirnos, que no existe una frontera clara entre ambas. Y que cualquier propuesta de trama tiene que ser rebatida con una posibilidad contrapuesta como en “Venganza” donde el relato se construye de varias versiones o posibilidades dentro del mismo cuento, pero si bien en algunas autoras esa posibilidad queda en el aire, Petrushévskaia las desarrolla, no quiere construir un final abierto, sino que desarrolla esas líneas argumentales en paralelo, como en “Venganza”, “Un suceso en Sokolniki” (vida y muerte se suceden y confunden), o como también en el siguiente cuento “La despedida de una madre”.
En la siguiente parte Alegorías veo en muchos de los cuentos una voluntad de dar testimonio de la época soviética y de su desmoronamiento, también de sus contradicciones, y de esa sensación de sociedad perdida, especialmente en “Higiene”, “Los nuevos Robinson” y “El milagro”. Y también me parece muy interesante el otro relato que compone esta parte “Un alma nueva”, que introduce ya elementos mágicos del cuento de hadas “como ese agujerito diminuto debajo del cuello del que brotaban lágrimas”, que supone recoger ese elemento mágico de los cuentos de hadas, pero como una apropiación frustrada, que casi nunca da resultado, porque en los cuentos de Petrushévskaia, casi siempre todo sale mal, pero a pesar de la catástrofe, siempre presente en sus historias, hay un ángulo donde la risa y el horror se juntan, y es lo que hace tan original esta autora, su mirada tan fantástica como ácida, como si reírse de la propia tragedia, nos hiciera más fuertes, nos ayudara a resignificar lo ocurrido.
Ese elemento mágico está también presente en el primer cuento que abre la tercera parte Requiems, con la irrupción de "Poseidón", y también de la muerte. Precisamente, ese hilo conductor se halla presente en el resto de relatos de esta parte, que son como cantos funerarios, donde a veces los personajes se convierten en presencias fantasmales como en “Poseidón”, o en ausencias, como en “Te quiero”, que permiten mostrar amores que nunca se llegan a expresar, seres que parece que vuelven del más allá, gracias al chantaje y la corrupción “La casa de la fuente”, búsquedas en escenarios de ultratumba de los que se han ido “La sombra de la vida”, hasta la propia escenificación onírica del más allá en “Dos reinos”, o el delirante “Hay alguien en casa” donde para acabar con su particular poltergeist la protagonista se deshace de todo lo que contiene la casa.
Y precisamente ese elemento de magia domina de una forma muy marcada la última parte “Cuento de hadas”. Y lo hace para empezar, precisamente, con ese elemento nuclear del cuento de hadas que es la familia, hay quien dice que el cuento de hadas es el retrato de la familia originaria. Y en concreto, con “El padre”, en una historia que en su planteamiento suena a clásica, desde La Iliada, La Odisea, La vida es sueño de Calderón de la Barca, o incluso Pedro Páramo de Juan Rulfo, pero que Petrushévskaia consigue contarnos de otra manera. Nos la cuenta del revés, descompuesta, haciendo que el principio parezca el final, y que los personajes hayan tenido que llegar al misterioso kilómetro 40 para dar inicio a la historia, a su propia historia, y que en alguno de los elementos, recuerda también a Pinocho, al padre que se inventa a su propio hijo.
Y esa magia la volvemos a encontrar en el siguiente cuento “Mamá repollo” que recuerda un poco a “Cinco en una vaina” de Hans Christian Andersen, de hecho hay una alusión explícita: “La madre se sacó una cajita del bolsillo del pecho, de la caja sacó media vaina de judía hueca, y en esa media judía había una niña diminuta que se frotaba los ojos con sus puñitos”. Y que da origen a ese ser mágico y diminuto llamado Gotita, también imposible, que nace de un repollo, pero en realidad cuenta una historia muy triste de pérdida de una hija, y que me recuerda también mucho a la “Llave de oro” de Georges MacDonald. Magia y dualidad en “El secreto de Marilena”, la historia de las dos chicas encantadas que viven atrapadas en un cuerpo del que solo se separan para bailar por las noches. Pero de todos estos cuentos, sin duda, para mi y de modo muy personal, “El abrigo negro” tiene un lugar destacado. Más que por la historia, como siempre ocurre con Petrushévskaia, por la forma en que cuenta esa historia, por como deconstruye, el tiempo y el espacio que no es lineal, por como recurre a la narrativa paralela de dos historias, que va tejiendo y entrelazando, por como inicia el cuento, con una chica perdida en un bosque, que de inmediato nos evoca a ese cuento iniciático que todas las madres nos han contado alguna vez. “Una muchacha se encontró de repente al borde de una carretera, en invierno, en un lugar desconocido; además llevaba puesto un abrigo negro que no era suyo”. Y la utilización de recursos narrativos, como la caja de cerillas, para construir una secuencia perfecta, el fuego de la cerilla, el tiempo, la oscuridad y la muerte. Y creo que eso tiene mucho mérito, porque con lo más simple, unas cerillas, un papel y un abrigo construye todo un imaginario fantástico alucinante.
Petrushévskaia, fascina, en especial, por su originalidad, creo que es muy difícil encontrar a una autora que con elementos tan simples pueda construir y sostener una mecánica fabular tan sólida y tan sublime. Y al mismo tiempo responde a una voz, en la que es muy difícil reconocer influencias, que suena tan a nuevo, y al mismo tiempo, tan a clásico, que asume el riesgo como parte de su apuesta literaria, una voz propia, inclasificable y universal.
Cristina Rausell

El rey de los trasgos de Angela Carter o cuando Caperucita venció al Lobo Feroz por Cristina Rausell
Si pudiéramos oír las primeras versiones orales de Caperucita Roja, en lo más profundo del imaginario medieval, donde el bosque era el espacio de la libertad y también de la magia, con seres fantásticos alimentados por la tradición pagana, quizá reconoceríamos la voz del rey de los trasgos. Mucho antes de que Perrault dulcificará, en especial el componente caníbal de la versión original, donde un lobo antropófago (tal vez un protohombre lobo) devoraba, sin ningún pudor, a la abuela y mostraba sus restos sangrientos a una Caperucita tan alucinada como resignada a su destino fatal. Y que luego los Hermanos Grimm introdujeran un final feliz, eliminaran el sadismo, matizaran sus abundantes connotaciones sexuales, y sentaran las bases de la tradición fairy tales que vendría después. En esa tradición Caperucita sobrevivirá como uno de los cuentos más contados, quizá, por ser un cuento de iniciación (o crecimiento, la resurrección de Caperucita a través de otra barriga, convertida ya en mujer), quizá por ser ese cuento que todas las madres contarán alguna vez a sus hijas, conscientes de que ellas también cruzaron el bosque, para llegar a algún lugar, o quizá, como la protagonista de “El abrigo negro” de Petrushévskaia, a ninguna parte.
“El rey de los trasgos”, es sin duda uno de los mejores relatos de Ángela Carter, de ese libro mítico La Cámara Sangrienta, editado para nuestro gozo por Sexto Piso, y con ilustraciones de Alejandra Acosta, a la altura de la Carter. Una aproximación, como su literatura, devastada y desolada, a la pasión caníbal de un amor feroz, que sólo ella con su poética onírica puede convertir en algo parecido a un cuento de hadas, que el Rey de los Trasgos, como la lección aprendida de Sherezade, repite cada noche a su colección de mujeres-pájaros durmientes. Mientras una jovencita, cualquiera, quizá todas, se adentra en el bosque, o más exactamente en la ilusión de ese hombre que sueña, como en algún tipo de “ruinas circulares”, el sueño de esa niña. En un bosque de hielo que se deshace, en peligro de desaparición repentina, escondido como las matriuskas en muchos otros bosques. “En el bosque es fácil perderse” recuerda Angela Carter, como el eco de todas las advertencias que retornan huecas en un paisaje ceniciento, vacío, deshabitado, tras un ocaso perenne, donde el rey de los trasgos esconde su reino, pero también, su rostro, porque conoce desde hace tiempo su reflejo bestial. Se protege, así, de sí mismo. “El rey de los trasgos te causará un profundo dolor”, dice de nuevo una voz, la de Angela Carter, la madre oculta entre los olmos, que advierte a la otra, la niña del cuento cuando ya no hay remedio: “Es el tierno carnicero que me enseñó hasta qué punto es el amor el precio de la carne”. Pero en el bosque los licántropos exhiben “ojos verdes como manzanas”, que encierran espejismos para fabricar abrazos telúricos, de resina letal, pero también abismos por donde caen las niñas, al otro lado de ese bosque, allí donde habitan todas las mujeres de Barba Azul, y ya no se oye el canto de los pájaros, pues deambulan en torno a la elipsis torpe de su propio encierro, mientras sueñan o cantan en su propio lenguaje que vuelven al punto de partida, justo cuando entraron en el bosque, y aún poseían forma humana.
Y es entonces, cuando Caperucita, conocedora de su destino en la jaula de mimbre, cambia el curso de la historia y con ello, su futuro. No espera a que llegue ningún leñador de los Hermanos Grimm para dar fin a su adorado tormento, para resucitar ahora como mujer. Sabe cual es el talón de Aquiles de su Sansón, la kryptonita de que está hecha su mirada, sólo es un niño asustado que busca refugio. Pero ella ha visto “la marca escarlata de su mordisco de amor en el cuello”, no tiene demasiado tiempo, no desea ser su reina, ni vivir una existencia eterna en la oscuridad de la noche, busca la libertad, echar a volar como los pájaros cautivos al llegar la mañana. Y justo entonces, cuando la sinfonía del viejo violín cante su propia melodía, y esa vieja advertencia “no te apartes del camino”, sea sólo una anécdota, surgirá el grito que cierra este relato, revelador de una nueva y deslumbrante escritura por parte de Angela Carter, que demuestra como a veces los mejores finales se escriben justo al revés.
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